3:
A partir de ese día, así transcurrieron todas mis tardes. Siempre con la cabeza amarrada, siempre descalzo, siempre tropezando y siempre golpeándome con todo a mi alrededor. Y me llamaba: ven y toca; ¿Qué sientes?… nada, no siento nada. Toca de nuevo y no trates de “ver”, solo siente. Entre las personas que iban a consulta con el abuelo siempre había alguien que me tomaba de la mano y me conducía aquí y allá. El abuelo regañaba y me soltaban. En esos días entré en un gran conflicto personal porque el abuelo ya no era alegre y bueno conmigo sino regañón y exigente. A veces me daban ganas de no volver a lo de él y quedarme en casa haciendo tarea. Pero mi voluntad se reforzó, y las historias que me llegaron de mi padre a su vez con un padre (mi abuelo real) muy severo y golpeador y su carácter indoblegable y su voluntad de acero permearon en mí y me dieron un ejemplo a seguir. Mi abuelo Raúl no me doblegaría, y yo lograría convencerlo de que todo estaba bien conmigo, y también me moría de ganas de saber qué seguía y qué iba a ocurrir si aprendía a andar a ciegas por la casa y a sentir lo que tenía la gente cuando me pedía que tocara…
Continuará:
>Roberto MD<
tocando

tocar

Escribir un comentario